La ejecución, un relato corto de Mario J. Les


Mientras acabo de leer Águilas y Cuervos, una obra maestra de Pauline Gedge, os dejo un gran relato corto de Mario J. Les, autor de la novela El plan Berkovitz.

La ejecución

El cielo había amanecido encapotado aquella mañana y unas nubes huecas y plomizas ocultaban al astro rey a primera hora, secuestrando la luminosidad que había proyectado días atrás. El viento del otoño ya había empezado a desnudar los árboles de los aledaños y la hojarasca se arremolinaba por los rincones emitiendo susurros inquietantes.
En nuestra prisión, una estancia siniestra y velada en sombras, mis compañeros y yo aguardábamos en silencio el momento de nuestro fatal desenlace, ajenos a la algarabía que se había instalado tras los muros que nos confinaban. Poco antes del mediodía, un oficial impecablemente uniformado entró en la celda tras un sonido irritante de bisagras mal engrasadas y nos sacó de allí sin mediar palabra. Lucía una sonrisa difícil de catalogar, a la par que mostraba un extraño ballet de dientes desordenados y ennegrecidos por el habano que colgaba de sus labios. Por si fuera poco, iba armado. Aquello era el fin.
Ya en la calle, una enfervorecida multitud gritaba al paso de nuestro escolta, mientras nos dirigíamos al patíbulo situado en el balcón del ayuntamiento. Una vez frente a él, fuimos alineados en posición de disparo, teniendo yo el dudoso honor de estar situado al frente de la hilera de condenados. La historia escribiría que yo había sido el primero entre mis iguales en ser ajusticiado. Entonces, el oficial cedió un micrófono al que parecía ser su superior, quien comenzó a arengar a la muchedumbre allí reunida. Al momento, la plaza se tiñó de rojo, como si se hubiese extendido un velo de sangre derramada.
Había llegado mi momento, la consecución de una existencia fría y gris, el fin de mi camino. El uniformado que nos había sacado de la mazmorra cedió al cabecilla el puro que había presidido su adusto semblante hasta ese instante y se hizo a un lado. El tipo del discurso se acercó hacia mí y me asusté, mientras el gentío seguía tronando en la plaza, ansioso por verme sentenciado. Yo no quería ni mirar, bien sabía lo que me aguardaba.
Sucedió en décimas de segundo. El cigarro prendió mi mecha e inmediatamente inicié un ascenso imparable hacia el cielo ribero, buscando alcanzar el sol que comenzaba a abrirse paso entre nubes algodonadas y tratando de conseguir una salvación a todas luces imposible. Instantes después, exploté, poniendo la rúbrica a mi existencia, y sin ser consciente de que estaba preñando de alegría y fiesta las calles de Cascante, mi pueblo.