Estrellas en el Annapurna de Simone Moro


Estrellas en el Annapurna de Simone Moro puede parecer una historia de supervivencia pero esconde mucho mas, nos introduce de lleno en el alpinismo más extremo, aquel alejado de las grandes expediciones y nos cuenta una historia pura, real, cruda y trágica, donde no hay un final feliz, pero tampoco podía esperarse vistas las circunstancias.

Evidentemente el espíritu del alpinismo profesional resulta  difícil de comprender para alguien profano, en cierto sentido el libro de Simone Moro nos ayuda a entender cómo funciona una expedición realizada con un presupuesto ajustado que busca acometer un reto que se adentra en lo desconocido y nunca antes realizado, como se vive el día a día en la montaña en condiciones extremas, como la mínima dificultad puede suponer un problema y la mayor de ellas una oportunidad.

Estrellas en el Annapurna quiere ser la historia de una amistad...
aunque para algunos bien pudiera ser la justificación de una tragedia o una lucha por la vida, e incluso la constatación de que la supervivencia en este tipo de aventuras depende en gran medida de la suerte... o el destino.

El libro de Simone Moro nos acerca al Himalaya, a los Sherpas, a la soledad, es un relato directo, quizá carente de sentimientos pese a los denodadas tentativas (fallidas) del autor de tratar de transmitirnos la pureza de su amistad con Anatoli Boukreev, sin grandes descripciones, sin preámbulos al narrar los acontecimientos más determinantes, Simone Moro tenía una historia que contar y lo hace sin ambages, en muchos momentos puede ser tan interesante lo que cuenta como lo que calla, intencionadamente o no, pues la novela deja muchas preguntas en el alero, interrogantes que probablemente el autor se ha planteado mil veces en su cabeza y para los que no tiene respuesta.

Estrellas en el Annapurna es una historia corta (menos de 150 páginas) que engancha desde la primera linea (de hecho la he leído en menos de 24 horas) en ella Simone Moro además de narrarnos un hecho real nos acerca a un deporte que no puede entenderse sin afrontar riesgos extremos, donde la vida y la muerte penden de un hilo. Incluso alguien como yo que simplemente disfruta subiendo a los tresmiles más sencillos de esta parte del Pirineo (soy oriundo de Ainsa) es fácilmente comprensible entender la diferencia entre una ascensión al Everest con un campo base atestado de gente y una tentativa de abrir una vía nueva en un Annapurna sin nadie en muchas horas a la redonda, pues uno de los peores recuerdos que tengo de pasear por las alturas es haber llegado a la amplia cima de Monte Perdido y encontrarla atestada de gente, nada es comparable a subir a una montaña en soledad.